martes, 22 de agosto de 2017

Carlos Aprea


Tregua en la propia casa

Aún hay luz en la calle
y cree que está sobrio,
sin embargo
prueba y
no acierta con la llave,
se pregunta
si es la puerta correcta
si no estará
frente a una casa equivocada
y sobre todo
qué está haciendo aquí
bajo la lluvia.


Como una pena sin fin

La caricia perdida
sigue rodando:
el viajero huye
a favor del viento
la tierra para él es infinita y plana,
un devenir lineal.
No hay nada atrás para reconocer
no hay nada ni nadie
que detenga su andar.


Samurái en la oscuridad

Pelea por nada en particular,
discute con fantasmas,
malgasta su propia economía
en descargas inútiles.
Cada día, sin excepción,
se considera muerto.
En una duermevela febril
llega el amanecer y filtra
un rayo sobre el cuerpo,
sale de la sombra,
ve cómo se despeja
su propia condena.
Se levanta, abre la ventana
y deja que el viento frío le golpee la cara,
afuera lo espera el mismo sol.


Que este poema sea

Que este poema sea
un ave migratoria
viajando miles de kilómetros
y te encuentre, encuentre a cada uno
de los ausentes
y cante
una música sin palabras
que recuerde cuando estuvimos juntos.

Viajando por los años pasados
te encuentre, encuentre a cada uno
de los ausentes,
vuele en derredor y regrese,
y cante su recuerdo para mí.

Viajando por los años por venir
me encuentre y se despida de mí,
y vuele a cada uno de los ausentes,
y los encuentre,
y cante, cante, cante.


Retrato inconcluso en la memoria

a Néstor Mux

Lo que me queda de vos
no alcanza
a dibujar
un pálido identikit,
apenas una luz sombría y el regusto
amargo
de lo incompleto,
lo que no llega a ser
y por eso perturba.

No sé si estás aún
en este mundo,
o te fuiste,
en la guerra impiadosa
de nuestra pálida prehistoria,
sé que estuviste allí
donde ardía una pasión
muy joven,
al borde de una foto
envejecida
de donde te han borrado,
o te he borrado yo,
patético agente
de un poder invisible,
como si fueses un peligro
para alguien
que ha sobrevivido,
como yo,
y debe algunos pagos
no solo al destino.
Ambiguo rostro
de quien, frente al arribo
al puerto
de las maravillas
que esta vida aún sostiene,
persiste en popa,
disimuladamente,
como un testigo
silencioso,
pertinaz,
indestructible,
de la estela que va
quedando
atrás.


Tus ojos

a Ella, que lo sabe o lo sospecha

Si tus ojos,
solo tus ojos,
no me hablaran,
nada me sostendría.

Nada de lo que existe
resistiendo el vacío,
a contrapelo
de la entropía devoradora
del tiempo.
Nada
de ese efímero fluir
al que llamamos vida,
nada
de ese despertar
que suscita la belleza
cuando nos sorprende,
nada
de ese impulso por sembrar
en los desiertos,
nada.
Nada,
salvo tus ojos
y el nítido recuerdo
de esos ojos
cuando ya no estás.


La ardiente impaciencia de los días

a J. M. P.

Nos quedamos a solas
y se cortó la luz.
Hay sombras y un silencio amargo
cuece sus palabras.
La tarde despliega
sus manteles de niebla,
repican las primeras gotas
sobre el zinc y sobre
el comedor sin cielorraso.

Se justifica al elevar la voz,
pero hace rato sus gritos
convocan la borrasca
y ahora está llegando.

Grita,
apura sus razones
y sus palabras se pierden
en los bordes difumados
de las cosas.
Grita y gesticula
mientras preparo un té.
El yin y el yan frente
a una mesa desbordada,
misterio bufo, satori oriental
Frena el monólogo,
con un chirrido
el aire cristaliza
una palabra última, pende
la cordura
en la cuerda del equilibrista.
Pide
que no se pase el agua
y continúa el monólogo.
Afuera
arrecia la tormenta.

Fuente: Escaleno, Carlos Aprea, Pixel Editora, La Plata, 2017.

Carlos Aprea nació en La Plata en 1955. Vive, desde siempre, en el barrio Villa Elvira de dicha ciudad. Cursó estudios en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la UNLP. Es Técnico Químico y cofundador de la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de la UNLP. Comparte su condición de poeta con la de actor, autor y director de teatro. Publicó seis libros de poesía: La intemperie (Ediciones Al Margen, 1999), Abrigo (Ediciones Al Margen, 2006), La camisa hawaiana (Libros de la Talita Dorada, 2010), Pueblos fugaces (Libros de la Talita Dorada, 2012), Villa Elvira (Pixel Editora, 2014) y Escaleno (Pixel Editora, 2017). A ellos deben sumárseles cinco plaquetas dadas a conocer por Libros de la Talita Dorada en 2009: Conociendo gente se viaja, El pájaro de las cinco y media, This is the end, week end, Política líquida y Teatros. Fue incluido en las siguientes antologías: 8 poetas (2° premio del Concurso Edelap de Poesía, 1997), Poesía - 36 autores (La Comuna Ediciones, 1999), Pan, amor y poesía - Culturas alimentarias argentinas (INTA, 2008), La Plata Spoon River (Libros de la Talita Dorada, Colección los Detectives Salvajes, 2013) y Antología Relámpago (Pixel Editora, 2014). Poemas y textos diversos de su autoría aparecieron en las revistas Talita, El Hormiguero, El Espiniyo, Pasajes y Sismo Trapisonda, y en el diario Diagonales, entre otras publicaciones. Actualmente, dirige el ciclo Poesía en la terraza y conduce el programa radial Club Intergaláctico. Acerca de Escaleno, señala Horacio Fiebelkorn en la contratapa del libro:

“Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte”, dijo, hace años, Macedonio Fernández. La vida, el amor y la muerte: las tres heridas de las que habló Miguel Hernández. Nunca se insistirá lo suficiente en que estos tres temas son el sistema nervioso de toda poesía, sin que importe su filiación o su contexto.
Habría que incluir, sin embargo, un cuarto tema, que enlaza a los otros tres y los hace girar en espiral: el paso del tiempo.
A Carlos Aprea le basta con intuirlo para desplegarlo en este libro, como quien –diría Baudelaire– acomoda “de nuevo las tierras inundadas”, al abrigo de las canciones que siguen sonando en nuestro interior.
No hay pliegues o matices que Aprea descuide en este libro, que es un viaje a las emociones, en cuyo transcurso aparecen todas las formas del encuentro y el desencuentro, con su inagotable gama de grises, y con la marcha de la historia como un coro a media voz.
En este punto, eludir lo meramente confesional, y ensayar múltiples tonos, es un desafío del que Aprea sale airoso, sin dejar de silbar aquellas melodías que el viento de otra época sopló dentro de nosotros.

Foto: Carlos Aprea. Fuente: Escaleno, Carlos Aprea, Pixel Editora, La Plata, 2017.

miércoles, 19 de julio de 2017

Vicente Costantini


CRÓNICA DEL AGUA


Unos pocos centímetros

Nos hemos acostumbrado a medir la desgracia.
Una simple marca, unos pocos centímetros
son la vara con la que algún dios iracundo
impartió condenas y salvaciones.


Secadero

La calle es un inmenso secadero.
Sobre las rejas cuelgan, boca abajo,
como fusilados,
remeras y camisas
tendidas al sol.
Los automóviles exponen sus entrañas de metal
postrados y silentes, inútiles;
y hay enciclopedias llenas de láminas
con las páginas abiertas
como una boca
en un grito ahogado
de agua mugrienta.


Eran tres

Rompieron algunas bolsas
miraron la Historia Universal de César Cantú
–cuatro tomos
forrados en cuero,
editada en París
en el siglo XIX–
convertida ahora en una papilla
de papel y barro;

finalmente
se decidieron por unos tuppers de plástico
y un colchón que aún chorreaba agua,

tiraron todo sobre la pila que iba creciendo
en la caja de la chata

y se fueron.


Marcas

El postigo tiene, en el borde izquierdo,
una dentellada de hierro:
astillas ahí donde mordió la palanqueta.

Junto a la marca del agua,
conviven otras:
el oportunismo, la mezquindad, la rapiña.
Pobres que roban a los empobrecidos.

En tevé hablaron el ministro,
el intendente, la presidenta:
a un costado, en un recuadro menor,
se veía una cadena humana de jóvenes
pasando bidones de agua
al otro lado de la calle.

Mientras tanto,
en los márgenes de la ciudad
los punteros
revenden colchones
a doscientos pesos,
y de la donación
de cinco mil litros de lavandina,
en nuestra cuadra,
nadie se entera.


Cicatrices

Después de unos meses
queda apenas,
en una tapia abandonada
en una casa demolida
la marca del desastre.

El resto de las marcas se han ido.
El agua es, apenas,
una cicatriz que no cierra,
el rastro indeleble
de una herida.


Un rostro

Apareció a los ocho meses,
junto a la pintura descascarada
y el revoque gris de la pared,
entre las manchas de humedad
que brotan
como hongos
día y noche.

Algunos juran
que es la imagen de Cristo;
otros, más escépticos,
ven apenas borrones
de óxido y salitre.

Yo lo observo y veo
apenas
un rostro
impreciso, anónimo:
uno de los muchos
que ya no volverán.

Detrás
lo persigue
una estela
de pesadillas.


Dice la señora

Dos años después
dice la señora,
distraídamente:
–Con papa hacíamos bombas rellenas,
de una receta holandesa.
Me la copió tu abuela, a mano,
en la última página de un libro
de repostería centroeuropea.

Y también:
–Allá por el ‘87,
cuando fuimos por primera vez a Brasil,
con la casa rodante.
Tengo una foto
de todos nosotros juntos
en la playa.

Pero esos recuerdos son, apenas,
recovecos de la mente,
fragmentos perdidos con el agua.

La memoria se obstina en volver
a un mundo pretérito,
antediluviano,
donde todavía existían los libros,
las recetas escritas a mano,
las fotografías.

El agua no solo destruyó objetos,
muebles, electrodomésticos:

sobre todo,
el agua desmiente
que haya existido algún pasado;
el atardecer en que alguien,
alguna vez,
fue feliz contemplando el último resplandor
sobre las olas;
o la noche de invierno
en la que el único sonido
era el rumor del aceite
cuando salían los círculos de un dorado perfecto.

De todo eso,
queda
menos que nada:

ramitas endebles que tuerce el viento,
hilos que arrasó y lavó y borró
una corriente que vino de la nada
y se alejó
llevándoselo todo.

La Plata, abril de 2013 - abril de 2015

Fuente: Gentileza de Vicente Costantini.

Vicente Costantini nació en Buenos Aires en 1981. Actualmente, reside en La Plata, ciudad donde nacieron sus dos hijos. Es Profesor y Licenciado en Letras. Durante siete años, asistió al taller literario de Santiago Espel. Escribió tres libros infantiles para la colección “Argentinitas”: Ésta es Jacinta, Jacinta aprende y La Argentina de Jacinta (2007). En 2012, Ediciones La carta de Oliver publicó Diario de la nuez, su primer libro de poesía. Tiene, asimismo, dos poemarios inéditos: Postales del Altiplano y Carga viva. Su labor creativa fue reconocida con las siguientes distinciones: primer premio en el V Concurso Provincial de Poesía 2014 “Ginés García” (Dirección General de Cultura y Educación, Provincia de Buenos Aires), primera mención en el Concurso Provincial “Diagonal Literatura” 2016 (Escuela Taller Municipal de Arte y Ediciones La Comuna, La Plata) y segunda mención en los I Juegos Florales del Centro Cultural “Justo José de Urquiza” 2016 (Concepción del Uruguay, Entre Ríos). Además de ejercer la docencia, coordina talleres literarios y administra el blog “Otras costumbres de los alcobranes” (http://alcobranes.blogspot.com), donde pueden hallarse algunos de sus muchos y diversos textos. Los poemas publicados en esta página son inéditos y hacen referencia a la trágica inundación que sufrió La Plata el 2 de abril de 2013.

Foto: Vicente Costantini. Fuente: Facebook.

martes, 6 de junio de 2017

Ángel Poncio Ferrando

¿Primer poeta nacido en La Plata?


Los trebejos

Inválido sofá flordelisado
que de fastidio en el desván bosteza,
circuido en telarañas de tristeza
como asmático abuelo desdentado;
que antes fuera sitial, púlpito y trono,
confesor, confidente y consejero
y, cual rey destronado, en el granero
aún sabe ser señor y darse tono,
con esa voz quebrada de los viejos,
arrítmico y con tos, pontificaba
metafóricas frases que escuchaba
boquiabierta la corte de trebejos.
Todo era calma y polvo. La polilla
suspendió sorprendida su trabajo
y el maniquí atáxico se abstrajo
ante tan estupenda maravilla:
–Vida es evolución, cambio, renuevo,
prorrumpió el buen sofá, nada subsiste
para in eternum. Todo, alegre o triste,
tiene un comienzo y un final. Del huevo,
la semilla, el esporo, hasta la tumba,
sólo hay un lapso más o menos corto:
errante estrella que ha tenido un orto,
una elipse fugaz y se derrumba.
Dioses, células, gloria, poderío,
son momentos no más de la existencia
que no tienen al tiempo otra adherencia
que al río las ramas que se lleva el río;
pero la vida en sí, la vida misma,
que es energía, impulso, progresión,
impertérrita, cruel, sin emoción,
a todo da vigor y a todo abisma.
¿Murió el rey? ¡Viva el rey! Y todo pasa.
Ni el minuto ni el siglo dejan huella.
La vida más notable, la más bella,
rueda en la vida sin que quede traza.
¿Murió el rey? ¡Viva el rey! La ley eterna
no se ocupa de esas nimiedades.
Indiferente rige las edades
sin consultar jamás lo que gobierna.
Yo fui nogal fecundo hasta que el hacha
me abatió, luego adorno de una sala
toda luz, toda lujo, toda gala
y hoy ocupo un lugar de esta covacha.
Y lloro mis recuerdos de ventura.
Mañana seré leña y seré fuego...
El destino me empuja y a él me entrego
hasta dar, como todo, en la basura.
Y vosotros, bártulos oyentes,
que os asombráis de oír que filosofo,
haced cual yo, que del vivir me mofo:
filosofad también indiferentes.
No toméis por lo trágico la vida,
ni os forjéis esperanzas o ilusiones;
más felices seréis sin corazones
en esta larga ruta indefinida.
Convenceos que sois pasos, peldaños
en maremágnum, arlequín informe
de una escalera interminable, enorme
por donde pasan sin cesar los años.

Dijo y calló vencido bajo el peso
de su propia sentencia.
La polilla
reemprendió su roer y, en la bohardilla,
estalló un amplio, colosal bostezo.

(1912)


Sale el tren

La estación, hirviente
de gente.
La hora se acerca y todo se apura,
parece una selva que al viento murmura.
Desfilan paquetes, cajones, baúles...
Van en carretillas y hombros sudorosos.
Mil nombres se cruzan. Pasan Sinforosos,
Marías, Rosarios, Rupertos, Raúles,
y cien otros más.
Se aprietan, se empujan, se esquivan, se ignoran...
Pasan conocidos... Pasan los demás...
Unos se sonríen, mientras otros lloran.
“¡Adiós...! ¡Hasta pronto...!
¡Vamos, no seas tonto...!
¡Escriban...! ¡Buen viaje...! Recuerdos... ¿Te vas?”

Y es un maremágnum de idiomas y trajes
y voces distintas,
pues hay pasajeros de muchos plumajes:
rusos de levita, franceses de pera,
turcos bigotudos, fascistas (de cintas,
llevan la solapa como una bandera),
españoles, yankees, ingleses, letones,
dos o tres criollos
(el chiste político, la última carrera),
chiquilines, viejos, rudos mocetones,
algunas matronas que, como repollos,
cuidan de unas chicas como salsifís...
Y, en el rumoroso bullir de la espera,
parece la máquina decirles: ¡Chis...! ¡Chis...!

Ya falta un minuto. El adiós se activa.
–¡Por aquí!
–¡Ya sale!
–¡Subamos!
–¡Arriba!
Se alzan los cristales de las ventanillas...
El último beso... La última mirada...
Una que otra lágrima que rueda callada
por las sonrosadas o viejas mejillas...
“¡Caras y Caretas! ¡El Hogar! ¡La Prensa!
¡El Mundo! ¡Nación!”

¡Momentos de angustia, momentos de intensa,
fraternal, sincera, última emoción!
El jefe –de gorra– toca la campana:
tan... tan... tan... tan... tan...
El guarda –gallego– los brazos agita,
flamea un trapo verde, como banderita
y, desde allá lejos, se le ve venir.

¿Listos? ¿Vamos? Fiiiiiiii
La caldera hierve. La hornilla crepita.
Muestra el maquinista su rostro un momento
(rojo, negro, sucio) a la multitud...
Baja una manija, hace un movimiento...
Y, de pronto: Uuuuuuu

La máquina tose y estornuda: ¡atchís!
Las ruedas patinan... se afianzan... se anudan...
Pañuelos, sombreros y brazos saludan...
El tren se conmueve... y se va.
Chis... chis...

(1930)

Fuente: Prosa y verso, Ángel Poncio Ferrando, Edición de homenaje publicada por sus amigos, La Plata, 1949.

Ángel Poncio Ferrando nació en La Plata el 19 de noviembre de 1887, día en que la ciudad celebraba el 5° aniversario de su fundación y por cuyo patrono recibió el nombre de Ponciano, el cual se transformó familiarmente en Poncio. Próximo a cumplir los 61 años, murió en la misma ciudad que lo vio nacer el 5 de agosto de 1948. Ferrando fue médico, narrador y poeta. Estudió en la Escuela Normal, dirigida por la recordada Mary O. Graham, en el Colegio Nacional Rafael Hernández y en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. En 1908 ingresó como practicante ad honorem en el hospital neuropsiquiátrico de Melchor Romero (entonces denominado Hospital General de la Provincia de Buenos Aires), en el partido de La Plata. Allí conoció a su director, el Dr. Alejandro Korn, destacado médico y filósofo, de quien se haría amigo en poco tiempo y a quien acompañaría en su lecho de muerte como médico de cabecera. Tras su paso por el hospital de alienados, se trasladó a la ciudad de Córdoba, donde completó sus estudios de medicina con el padrinazgo del mencionado Dr. Korn. Su primer destino como profesional fue la colonia agrícola de Oncativo, en la Provincia de Córdoba, que le inspiró el poema titulado “Oda a Oncativo”, cuyos versos no dejan bien parados a sus habitantes: Pueblo estómago, pueblo bolsillo,/ llenar ambos es tu única ambición./ Eres bueno, eres plácido y sencillo,/ pero te falta corazón./ (...)/ Salvándote la lluvia, la seca te anonada/ y del cielo ha de llegarte alguna de las dos./ Después de sembrar ya no tienes que hacer nada:/ ¡Tu cosecha ha quedado en las manos de Dios!/ (...)/ No te importa la política ni el gobierno./ Lo mismo da demócrata que radical./ ¿La religión? ¿La patria? ¡Un cuerno!/ ¡Venga el dinero que es internacional! En 1930, Ferrando abandonó Oncativo para radicarse definitivamente en La Plata, donde estableció su consultorio y pasó a formar parte del cuerpo médico del Hospital Italiano. Muchos antes, el 24 de enero de 1917, había contraído matrimonio con María Luisa Cobanera. En la función pública, supo desempeñarse como médico inspector de la Dirección de Higiene de la Provincia de Buenos Aires, pero pronto fue dejado cesante por oponerse a prácticas políticas deshonestas. Otra prueba de su intachable conducta la dio cuando fue expulsado del Jockey Club por exigir, con un grupo de socios, mayor transparencia en los manejos de dicha institución. Paralelamente a su actividad profesional, Ferrando escribió y publicó en diarios y revistas numerosos poemas y textos en prosa, algunos de los cuales fueron recogidos por sus amigos y editados poco después de su muerte con el título Prosa y verso. Este libro, impreso en la primera quincena de junio de 1949 en los Talleres Gráficos “El sol” (calle 49 N° 729, La Plata), consta de 133 páginas, incluye dos fotos del autor, una nota preliminar y está dividido en dos secciones: la primera reúne siete textos en prosa de distinta índole y la segunda, veintitrés poemas escritos –sólo cinco no están fechados– entre 1909 y 1944. Por otra parte, considerando que La Plata fue fundada en 1882 en una llanura prácticamente deshabitada, es muy probable que Ferrando haya sido el primer poeta de cuna platense. Al parecer, no hay registro de otro poeta nacido en dicha ciudad con anterioridad a él que haya tenido algún reconocimiento. En relación con su personalidad y su quehacer literario, destaca la nota preliminar de Prosa y verso:

Con su boina, su campera y su automóvil inverosímil –movido por la voluntad del piloto mejor que por los maltrechos engranajes–, el doctor Ferrando estaba consubstanciado con el carozo recóndito, germinal, de nuestra ciudad. Su don de simpatía, trascendiendo el ambiente profesional, lo aproximaba a los refugios donde alienta la creación silenciosa de los artistas y los soñadores del pensamiento y de la acción (...)
Poseía el doctor Ferrando un sentimiento vital de la cultura. Lo había madurado en su larga experiencia médica en la que adquirió un concepto humano del sufrimiento y una aguda penetración social de su profesión y de la realidad argentina. El hábito de condensar esa experiencia en conclusiones filosóficas, encuadradas en una jocunda bonhomía, conformaron en este médico una personalidad que subyugaba (...)
Sus poesías humorísticas son recordadas en el ambiente médico, tanto como su capacidad dialéctica pronta en el debate científico, en la respuesta sagaz y contundente o en el diálogo de la sobremesa y la intimidad. Menos conocidos son sus poemas líricos y sus buenas páginas en prosa.
Aparentemente, escéptico frente al hombre y a la vida, el doctor Ferrando fue un ferviente demócrata que se jugó en los momentos decisivos para las libertades públicas y los derechos del hombre. De su pluma salieron en tales horas estrofas civiles vibrantes que fueron espontáneamente aprendidas y coreadas por el pueblo en los desfiles de afirmación constitucional y de la libertad. En su automóvil traqueteante transportó millares de gacetas clandestinas de la resistencia civil, bajo el estado de sitio (...)
Como médico y como artista entendió servir a la naturaleza.

Foto: Ángel Poncio Ferrando. Fuente: Prosa y verso, Ángel Poncio Ferrando, Edición de homenaje publicada por sus amigos, La Plata, 1949.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Luis Pazos


Poemas visuales

Acumulación    1966




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido doble    1966




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido roto    1967




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido antropométrico    1967




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Nueva York    1967




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido de la fama    1969




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.

Sonido del tiempo    1969




















Fuente: Letra suelta, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2015.


De la serie “C - La letra como forma”, 2012 / 2016

La vedette




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El ególatra




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El intelectual




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El demagogo




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El posesivo




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El individualista




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

El atentado




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

Retrato del pintor Salvador Dalí




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

La Pareja




















Fuente: Del silencio como mirada, Claudio Mangifesta / Luis Pazos, Tiempo Sur, Quilmes, 2016.

Luis Pazos nació en La Plata el 5 de agosto de 1940.  Viajero incansable, reside actualmente en su ciudad natal. Es poeta, artista conceptual y periodista. En 1971, un jurado compuesto por Alberto Girri, Carlos Mastronardi y César Magrini le otorgó el premio del Fondo Nacional de las Artes por El cazador metafísico, obra publicada al año siguiente por Editorial Noé. Escribió, entre 1971 y 2006, doce libros que son, según sus propias palabras, “producto de la desesperación”. Los cuatro primeros fueron dados a conocer en un solo volumen por Libros de la talita dorada en 2011 con el título El cazador metafísico. Poesía reunida I. Poco después, publicó Señor de la alucinación (Cuadrícula Ediciones, 2013) y Poema inconcluso para Luisa Pazos (edición independiente, 2016). Esta última publicación incluye un CD con el poema leído por el autor, cuya edición estuvo a cargo de Julio César Otero Mancini. Como artista conceptual, integró, entre otros, los siguientes grupos: EL Esmilodonte, Diagonal Cero (liderado por Edgardo Antonio Vigo), Grupo de los 13 (organizado por el crítico Jorge Glusberg) y Escombros (del cual fue cofundador). Siendo integrante de Diagonal Cero, publicó en 1967 dos libros-objetos: El dios del laberinto y La corneta. El primero es una botella tapada con un corcho, a la manera del mensaje de un náufrago; el segundo consiste en diez poemas fónicos enrollados en el interior de una corneta de plástico. A éstos, deben sumárseles dos libros de poesía visual compartidos con Claudio Mangifesta, publicados en los últimos años: Letra suelta (Tiempo Sur Ediciones, 2015) y Del silencio como mirada (Tiempo Sur Ediciones, 2016). De su vida y su obra se ocupó Fernando Davis en el libro Luis Pazos. El fabricante de modos de vida. Acciones, cuerpo, poesía (Document-Art, 2013). Participó, asimismo, en numerosas exposiciones en diversas ciudades del mundo. Su primera muestra retrospectiva tuvo lugar en el MACLA (Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano) en 2013. Pazos –para quien el arte es “un acto de libertad” y una herramienta de crítica y denuncia social– fue, en la Argentina, uno de los primeros impulsores del arte de acción y del arte de intervención en espacios públicos y lugares no convencionales, como supermercados y discotecas. Recientemente, algunas de sus obras (“La cultura de la felicidad”, “Monumento al prisionero político desaparecido, “Proyecto de solución para el problema del hambre en los países sub-desarrollados según las grandes potencias” y “La realidad subterránea”) fueron incorporadas al patrimonio del Museo Reina Sofía de España. En su carácter de periodista, trabajó para varios diarios y revistas (Diario Popular, Somos, Perfil, El Día, Gente, Clarín) y publicó los libros No llores por mí, Catamarca (con Alejandra Rey, Sudamericana, 1991), Así se hace periodismo (con Sibila Camps, Beas Ediciones, 1994), Ladran, Chacho (con Sibila Camps, Sudamericana, 1995), Graciela, esa mujer (Perfil Libros, 1997) y Justicia y televisión. La sociedad dicta sentencia (con Sibila Camps, Perfil Libros, 1999). Acerca de su poesía visual, señala Rodrigo Alonso en el prólogo de Letra suelta:

Su trabajo llama la atención por su extremado poder de síntesis. Se basa, en gran medida, en la manipulación estructural y tipográfica de conjuntos de letras, a las que se suman algunas pocas notas de color. Este ascetismo formal no le impide desplegarse en los más variados sentidos (...)
Uno de los ejes principales de la producción de Luis Pazos gira en torno a la traducción visual del sonido. Muchos de sus títulos no dejan ninguna duda al respecto (Sonido doble, Sonido antropométrico, Sonido roto, Retrato fonético de Edgardo Vigo). Éste se manifiesta a veces mediante onomatopeyas más o menos establecidas (Acumulación, El beso, Sonido del tiempo, sonido de la fama), y otras, a través de conglomerados de letras con cualidades fonéticas (Sonido doble, Sonido roto). En casi todos los casos, la modulación espacial y tipográfica aporta unos efectos que contribuyen a una suerte de percepción “auditiva” (...)
La serie La letra como forma se fundamenta en la apreciación visual de carácter gestáltico que subsume al signo a la configuración de una imagen reconocible. Una única unidad lexical, en diferentes orientaciones, compone estos cuadros de interpretación sencilla e identificación casi inmediata. Aquí, el poema es un señuelo engañoso para la mirada: nos sumerge en su seducción (La vedette es, quizás, la más indicada para esto), nos empuja al alivio del entendimiento, pero, en realidad, su sentido es mucho más profundo: apunta hacia la forma y la letra como orígenes de nuestras capacidades interpretativas, como fuente de las percepciones y los pensamientos a partir de los cuales organizamos el mundo.

Foto: Luis Pazos con la máscara de “La cultura de la felicidad”. Fuente: diario El Día, La Plata, domingo 16 de abril de 2017.

jueves, 11 de mayo de 2017

Luis Pazos


Poema inconcluso para Luisa Pazos
  
I

El día de mi muerte sabré,
con la certeza de lo irreversible,
que ya no pasará por mi puerta
el río que nunca pasó. Que dejaré
de soñar el jeroglífico que fue
mi vida. Y sin embargo, no sentiré
pena. Porque ese día se irá el peso
invisible que dobla mi espalda, la
enfermedad incurable del amor,
tantos y tantos arrepentimientos.
Se irá la incertidumbre del terrible
futuro, y la decepción de no haber
llegado a ninguna parte. Se irá la
tentación de la esperanza y este
sentimiento de vacío que convirtió
en abismo cada uno de mis caminos.
El día de mi muerte seré feliz por
primera vez porque ese día, madre,
se irá la nostalgia de tu ausencia.


II

Con la terquedad de los que aman
no acepté tu muerte. ¿Cómo ibas a
morir antes que yo? Se suponía que
ibas a estar ahí, siempre, para
protegerme del mundo. No fue así.
Arrojado a la intemperie vi como la
Tierra dejó de ser redonda, como me
habían enseñado y yo creía,
para adquirir la forma de la pena. Y
algo pasó, madre, algo tan poderoso,
que nunca más volvió a tener su
forma original.


III

Jamás sabré cuál era mi destino
y ya es tarde para elegir uno.
Tu partida decidió que fuera un
peregrino. Mi camino nació al
borde de tu muerte. A diferencia
del resto viajé sin báculo y sin
templo. Nunca tuve dónde
apoyarme y nunca supe adónde
iba. Ya no recuerdo el nombre de
los reinos que atravesé. Creo que
alguna vez fui amado. Creo que amé
alguna vez. Pero no estoy seguro de
que así haya sido. Es probable que en
algún lugar esté registrado mi nombre.
¿Tal vez en la ciudad que devoró un
volcán? ¿O aquélla en la que adoraban
a un Cristo africano? No lo sé y no me
importa. Recuerdo, sí, que escribí en el
agua y dibujé en el viento. Si no te pude
retener ¿por qué iba a querer retener
cualquier otra cosa? Hoy, que el camino
ha terminado, comprendo el sentido del
viaje. Caminé toda mi vida para llegar al
lugar de donde había partido.


IV

Recorrí el mundo para contártelo.
En Aracataca me dijeron que el río
estaba hecho de lágrimas. Me arrojé
a sus aguas para saber si estaban las
que había derramado por ti. Y qué
sorpresa, madre, todas me pertenecían.
En Azemú la Santa, un sabio me dijo
que el tiempo no existía. Yo le respondí
que la medida del tiempo era lo que
faltaba para volver a verte. En Balde
de Leyes no pude explicarle a una
adolescente lo que era el cine. Y bueno,
cuando yo era adolescente nadie supo
explicarme por qué te habías muerto.
En el Atlántico Sur, rumbo a Puerto Español,
me extravié en un temporal casi tan
devastador como el de la mañana de tu
muerte. Lo atravesé atado al timón para
verle la cara a la que te había llevado. En
Belén do Pará, al bajar de un avión, una
desconocida me dijo que me amaba.
Por supuesto, era mentira. Pero yo se
lo agradecí toda mi vida. Hacía tanto
tiempo que no me lo decías... Por eso,
no estés triste si a veces me ves llorando
sin motivo. Estoy contento porque cada
día que pasa estamos más cerca.


V

Tu muerte me enseñó que
la felicidad no es el sentido
de la vida: apenas una excusa
para seguir viviendo. Que el coraje
es la capacidad de un hombre para
soportar la ausencia del amor. Que
el amor es perderlo todo. Incluso lo
que nunca se tuvo. Que todo viaje
es volver al punto de partida.
(El viaje más largo de mi vida fue
atravesar el cuarto donde te vi
morir.) Que el tiempo no cura
porque la memoria no tiene remedio.
Que no debo temerle al mundo
porque desde el día que te fuiste el
mundo es sólo una apariencia.


VI

El dolor se fue. La pena,
a medias. La nostalgia quedó.
La soledad creció. Tanto, que ya
no es parte mía. Yo soy parte
de ella. La cuenta, cuarenta y
cuatro años después, es la misma:
el día que te perdí lo perdí todo.


VII

No pude detener el viento.
¿Podía alguien detenerlo?
No pude evitar que se lo
llevara todo. Mi juventud
y la casa. Tan frágiles las dos
que casi no opusieron resistencia
Le costó un poco más –no demasiado–
llevarse mi última esperanza. ¿Qué
podía esperar un desesperado? Cuando
la tierra se abrió bajo mis pies porque
el viento se había llevado el futuro,
supe que sólo quedaba lo que me
habías dado: un cuerpo maltratado
por la pena y la intemperie. Hoy, que soy
arrastrado como una hoja en la tormenta,
sé que hay algo que ningún vendaval podrá
arrancar: el instante de vida que
compartimos.


VIII

Cada noche desde que te
fuiste me duermo llorando.
Como cuando vivía en tus
brazos y el mundo no existía.
Cada mañana cuando me
despierto me niego a abrir los
ojos. No quiero ver el vacío
de tu ausencia. Un abismo tan
profundo y tenebroso, madre,
que la noche cabe el él.


IX

No te lloro, madre, porque
tengo miedo de que mis
lágrimas se conviertan en el
mar donde me ahogue. No
le tengo miedo a la muerte.
Le tengo miedo a no poder
pensarte. A no seguir
buscándote. A no
reconstruirte cada noche
con la materia del insomnio.
No le tengo miedo a la
muerte. Le temo a
nuestra separación
definitiva.


X

El día que vi arrugas en mi
cara. Que hacer el amor
no me dio placer sino
cansancio. Que caminar
no me llevó a ninguna
parte. Que mi piel no
pudo evitar ser lastimada
por el frío. Que comencé
a olvidar lo que siempre
había sabido. Que me
importó más dormir que
mirar al mundo. El día que
vivir dejó de ser un desafío,
no sentí pena de mí mismo
como siempre lo había creído.
Supe, simplemente, que
había vuelto a casa.


XI

Estoy tan triste, madre,
que no muero de tristeza
en este mismo instante
por la necesidad desesperada
de seguir pensándote.
A lo mejor no es cierto
lo que me contaron de niño.
Pero a lo mejor sí es cierto
y la muerte no es el fin de la
vida sino el oscuro
comienzo de otra. A lo
mejor existe la resurrección
de los cuerpos y volvemos
a vernos aunque tu lugar
va a ser uno y el mío otro.
Muero en vida esperando
el reencuentro.


XII

El día que me juzgues,
Señor, no pediré perdón
porque de nada me
arrepiento. Soy
responsable de todos
mis actos. Los que
cometí contra las leyes
y los que cometí contra tu
ley. Sólo te pido que antes
de mostrarme tu rostro y
condenarme a tu ausencia
(¿qué otra cosa es el infierno?)
me permitas verla por última vez.
Sabrás que es mi madre
porque te recordará a la
tuya. Te cambio, Señor,
la eternidad por un
instante.


XIII

Al pie de tu tumba,
donde nunca volví
desde el día que moriste,
llego para despedirme.
Que esté leyendo tu nombre
escrito en una lápida
significa que acepté lo inaceptable:
ya no estás en el mundo.
El día del juicio final,
donde tú serás bendecida
y yo juzgado, el anciano
que se arroje a tus pies
bañado en lágrimas
seré yo, tu hijo.
Este hijo al que
tu muerte le enseñó
que el amor es la respuesta
a todas las preguntas
y el punto de llegada
de todas las partidas.
Hasta luego, madre.

Fuente: Poema inconcluso para Luisa Pazos, Luis Pazos, edición independiente, La Plata, 2016.

Luis Pazos nació en La Plata el 5 de agosto de 1940.  Viajero incansable, reside actualmente en su ciudad natal. Es poeta, artista conceptual y periodista. En 1971, un jurado compuesto por Alberto Girri, Carlos Mastronardi y César Magrini le otorgó el premio del Fondo Nacional de las Artes por El cazador metafísico, obra publicada al año siguiente por Editorial Noé. Escribió, entre 1971 y 2006, doce libros que son, según sus propias palabras, “producto de la desesperación”. Los cuatro primeros fueron dados a conocer en un solo volumen por Libros de la talita dorada en 2011 con el título El cazador metafísico. Poesía reunida I. Poco después, publicó Señor de la alucinación (Cuadrícula Ediciones, 2013) y Poema inconcluso para Luisa Pazos (edición independiente, 2016). Esta última publicación incluye un CD con el poema leído por el autor, cuya edición estuvo a cargo de Julio César Otero Mancini. Como artista conceptual, integró, entre otros, los siguientes grupos: EL Esmilodonte, Diagonal Cero (liderado por Edgardo Antonio Vigo), Grupo de los 13 (organizado por el crítico Jorge Glusberg) y Escombros (del cual fue cofundador). Siendo integrante de Diagonal Cero, publicó en 1967 dos libros-objetos: El dios del laberinto y La corneta. El primero es una botella tapada con un corcho, a la manera del mensaje de un náufrago; el segundo consiste en diez poemas fónicos enrollados en el interior de una corneta de plástico. A éstos, deben sumárseles dos libros de poesía visual compartidos con Claudio Mangifesta, publicados en los últimos años: Letra suelta (Tiempo Sur Ediciones, 2015) y Del silencio como mirada (Tiempo Sur Ediciones, 2016). De su vida y su obra se ocupó Fernando Davis en el libro Luis Pazos. El fabricante de modos de vida. Acciones, cuerpo, poesía (Document-Art, 2013). Participó, asimismo, en numerosas exposiciones en diversas ciudades del mundo. Su primera muestra retrospectiva tuvo lugar en el MACLA (Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano) en 2013. Pazos –para quien el arte es “un acto de libertad” y una herramienta de crítica y denuncia social– fue, en la Argentina, uno de los primeros impulsores del arte de acción y del arte de intervención en espacios públicos y lugares no convencionales, como supermercados y discotecas. Recientemente, algunas de sus obras (“La cultura de la felicidad”, “Monumento al prisionero político desaparecido, “Proyecto de solución para el problema del hambre en los países sub-desarrollados según las grandes potencias” y “La realidad subterránea”) fueron incorporadas al patrimonio del Museo Reina Sofía de España. En su carácter de periodista, trabajó para varios diarios y revistas (Diario Popular, Somos, Perfil, El Día, Gente, Clarín) y publicó los libros No llores por mí, Catamarca (con Alejandra Rey, Sudamericana, 1991), Así se hace periodismo (con Sibila Camps, Beas Ediciones, 1994), Ladran, Chacho (con Sibila Camps, Sudamericana, 1995), Graciela, esa mujer (Perfil Libros, 1997) y Justicia y televisión. La sociedad dicta sentencia (con Sibila Camps, Perfil Libros, 1999). El Poema inconcluso para Luisa Pazos, transcripto íntegramente en esta página, es un homenaje a su madre, fallecida cuando el autor tenía apenas 14 años, y fue escrito a lo largo de casi seis decenios.

Foto: Luis Pazos con la máscara de “La cultura de la felicidad”. Fuente: diario El Día, La Plata, domingo 16 de abril de 2017.